Me piden que escriba una carta al asesino de mi
hermano. No me sale. Soy muy pudorosa y detesto el sentimentalismo.
Sólo puedo decir que no le odio. Simplemente, siento tristeza al
pensar que hay gente que se ha encerrado en una cárcel de odio de la
que es muy difícil salir. Y que nos hace sufrir tantísimo.
Cuando me llamó Rodolfo Ares [consejero del
Interior vasco] para informarme de la detención, no podía entender
mis propios sentimientos. Era como si descorcharan una botella de
champán, pero en vez de espuma empezaran a salir lágrimas. Sentí
algo parecido el día que me contaron que habían asesinado a mi
hermano. Pero con una diferencia: aquella vez sí que entendí que lo
que sentía era un dolor intenso por la pérdida.
Poco a poco, me di cuenta de que esta vez vivía una
mezcla de sentimientos. Por un lado, era la ausencia que me golpeaba
de nuevo. También el amor de la hermana pequeña que se ha quedado
sin su protector. Y, cuando recuperé la templanza, entendí que
disfrutaba de una sensación que no había vivido desde el asesinato.
Alivio. Por primera vez, alivio.
Es una sensación tan buena. Tras reconocer ese
alivio, ya no te enfrentas igual a tu interior. Los seres humanos
somos animales simbólicos que necesitan poner orden a las cosas. He
ido a muchos tanatorios y las víctimas siempre me dicen que las
cosas no tienen sentido, que no entienden por qué han asesinado a
sus seres queridos. Para cerrar el duelo, necesitas el alivio moral
de saber que quien ha hecho algo tan grave tendrá que vérselas con
la Justicia.
Rodolfo me estuvo buscando toda la madrugada. Ni sé
cuántos mensajes me dejó en el contestador. Me hablaba bajito:
«Maite, Maite, coge el teléfono». Por fin dio conmigo a las siete.
Cuando colgué, desperté a la viuda de Joseba, que dormía en la
habitación de al lado. Y luego llamé a mi madre, que ya lo sabía
todo. No tuvimos que decirnos nada especial. Tenemos una conexión
muy fuerte, casi telepática. En plan Avatar.
Estos días hemos recordado las cartas que redactó
Joseba poco antes de que lo mataran. «Cada día veo más cerca mi fin
a manos de ETA», escribió al entonces consejero del Interior, Javier
Balza. Toda la familia se alegra mucho por él. Sabemos que estaría
contento por que al fin se haga justicia. No soportaba la impunidad
de los asesinos.
Al enterarme de que el asesino vivía tan cerca de
nosotros, se me han removido recuerdos que tenía domesticados,
tapados con mucho cemento. Por ejemplo, que me han arrebatado el
paraíso de la infancia, porque he tenido que irme del pueblo. Los
paisajes, los colores, los olores... Ni siquiera comprar el queso en
la tienda de siempre. Suerte que los humanos no tenemos raíces como
los árboles, sino piernas, y podemos descubrir cosas maravillosas en
otros lugares. No sé si Hernani recuperará alguna vez la normalidad.
Sé que necesitan mucha ley para descubrir que viven en una burbuja
diabólica. Se sienten perseguidos, oprimidos, acosados... Mira que
comen txangurro y cocochas. Y que nadie les impide que hablen en
euskera o suahili. Pero se sienten amenazados por gente como yo.
Me preguntan si perdonaría al presunto asesino de
mi hermano. Ni entro ni salgo en ello. No es la relación que tengo
con él y, además, nadie me ha pedido perdón. Yo hablo de la ley. De
respetar las reglas del juego, que excluyen la venganza.
Pero primero vendrá el juicio. El etarra tiene que
salir de la burbuja de Hernani, tan insensible con los perseguidos
como entregada a los asesinos. El tribunal comenzará a desmontar con
palabras el mundo simbólico en el que está encerrado. Ese mundo en
el que su sentido del bien y del mal está trastocado por el
fanatismo identitario.
Si le condenan, se enfrentará a una pena severa. Se
enfrentará a la situación de ser un anciano cuando salga de la
cárcel. Al llegar allí, entenderá que ya no es tan gudari
como habría sido hace 20 años. Los presos ya no son nada para la
organización. Sólo elementos para que sus familias sigan yendo a
manifestaciones y perpetúen ese tinglado de alimentación del
odio.
Así emprenderá un largo camino hasta que entienda
que ha matado a un hombre. Hoy no se siente responsable. Cree que el
amor a la patria le exculpa. Luego tendrá que arrepentirse y
colaborar con la Justicia. Entonces, acataré gustosamente la ley. No
es una cuestión personal, sino de legalidad.
Tras la detención, entiendo el alivio que supone
para las víctimas. Por eso, tengo todavía más estímulos para evitar
que prescriban los asesinatos de hace décadas. Tengo que trabajar
mucho más. Es una obligación moral. |